Vuelve reirte. Anda, con todos tus dientes. Como lo haces siempre que te digo que te quiero. Riete con tu carcajada que ladras hacia afuera como si doliera. Entrecierra los ojos otra vez y arquea las cejas. Inclina la cabeza. Doblate de vergüenza, no dejes que te vean reir así.
Dedicame tu mirada de aguacero, esa que me moja hasta los huesos. Dime una vez más que no escuchaste que te quiero. Y vuelvete a reir. Siempre lo mismo, siempre igual. Volteate y dejame verte la nuca llena de mentiras y tu cabello negro enredado con verdades. Estira los brazos hacia delante y cierra la puerta. Pero no apagues la luz. No, no quiero volver a perderte de vista.
Rodea la habitación con tus zancadas gigantes. Que tu andar alargado no se pierda en la pared. Canturrea ese himno de la noche que suena a pinos y a inviernos de Francia. Baja la mirada como la bajas cuando ya no puedes más e infla el pecho orgulloso. Levanta la barbilla y sientete superior a todos. Y mirame desde lo alto como a las estrellas y a las nubes de verano.
Vuelve a difuminarte como carbón entre mis dedos y dibujate de nuevo sobre el piso, desbordate como el oceano sobre el cielo congelado y riete. Riete y riete como antes.
Conviertete en el viento que viaja desde el norte y regresa un día de estos. Vuelve. Sal por esa puerta con aires de dictador, de cazador, de viajero. Pero regresa. No mañana. Pero algún día, con la sinfonía del violín de Florentino Ariza, con la brisa que sopla por el cementerio hasta la ventana de la fuente.
Vuelve a tu hogar. A tu banca en el parque de las estatuas oxidadas. Vuelve a tu libro de versos y a tu hamaca deshilachada. Vuelve a tus calles de piedra y a tus tardes de coro. Vuelve a tus cartas perfumadas y a tus "Te Quiero" embarazosos. O vuelve a donde tu quieras, con tus "Te Quieros" o sin ellos, pero vuelve, no me importa como lo quieras.
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lunes, junio 08, 2009
martes, abril 14, 2009
Quiero jugar.
No soy nada. Ha! Que trillado, pero es verdad. He llegado a la conclusión de que no soy nada. Solo me dedico a observar desde la segunda fila a los demás vivir. Hace muchos años que me sacaron del juego. O me madé yo misma a la banca?
Ya no se a quien culpar. Talvez no hay culpables en este partido. No hay arbitro. No hubo falta cometida. Solo el destino que ha decidido que mi equipo pierde este juego. Pero ya duró demasiado y ya me aburrí de estar así.
Ya vi a mis compañeros de equipo anotar goles, cometer faltas, hacer autogoles, ser expulsados como yo. Y salto de emoción cuando anotan, y grito furiosa cuando el otro equipo se sale con la suya. Qusiera estar ahí dentro, correr como lo demás, tener el balón en mi poder y dominarlo a mi antojo. Y quien quita, meto un gol.
Solo espero no estar demasiado lesionada como para volver a entrar a la cancha. Algún día.
Ya no se a quien culpar. Talvez no hay culpables en este partido. No hay arbitro. No hubo falta cometida. Solo el destino que ha decidido que mi equipo pierde este juego. Pero ya duró demasiado y ya me aburrí de estar así.
Ya vi a mis compañeros de equipo anotar goles, cometer faltas, hacer autogoles, ser expulsados como yo. Y salto de emoción cuando anotan, y grito furiosa cuando el otro equipo se sale con la suya. Qusiera estar ahí dentro, correr como lo demás, tener el balón en mi poder y dominarlo a mi antojo. Y quien quita, meto un gol.
Solo espero no estar demasiado lesionada como para volver a entrar a la cancha. Algún día.
sábado, abril 11, 2009
Miedo
A seguir sin ti. De no saber en donde me dejaste. De no saber como ser la de antes. Antes de ti. Antes de conocer el miedo. Miedo de perderte. De que te fueras y de no volverte a ver. Un miedo que en ese entonces parecía irracional. En ese entonces, cuando no había pena y cantabas canciones a mi oido. Y esas canciones sonaban fuerte y claro en mi mente. Y mi corazón se aceleraba salvaje al verte y mis pupilas se dilataban cuando mi nariz percibía la droga de tu aroma. En ese entonces, el único miedo que conocía era el de no morir de ti, de tu veneno.
Cuando extrañarte no existía en mi mente, por que extrañarte significaba tu ausencia. Y en ese entonces yo sabía que nunca me dejarías. Y todos los días era un nuevo cielo el que me saludaba y tu perfecto ocaso me aseguraba con un abrazo cálido que siempre sería así. En ese entonces, cuando juraste que no te irías, cuando el miedo aún no se apoderaba de mi.
El miedo que los demás sentían eran los celos. Celos de no tener algo como tu y yo. Nunca hubo nada como tu y yo. En ese entonces, eramos de fantasía.
Todo era perfecto, como una pequeña vasija de cristal. Y mi único miedo era el de que esa vasija se pudiese llegar a romper. Pero no, por que tu tenías tanto cuidado y cariño. Nunca hubo nada que pudiese romperla, ni un terremoto, nada. Ni siquiera mi torpeza, ni mi inseguridad, ni mi inmadurez. En ese entonces, cuando no había un yo sin ti.
Y pudo seguir así, y tu sabes que es verdad. Pero el miedo, maldito miedo, nos alcanzó. Tarde o temprano lo haría, todos lo decían, y tenían razón. Pero en ese entonces siempre creí que solo tenían eso, miedo.
El primer ataque de pánico, lo recuerdo bien. Recuerdo la sensación ácida de mis órganos estrujándose como hojas secas de un árbol, y la migraña constante que no me ha abandonado aún. Fue como un tren golpeándome directo en la boca del estómago, y escupí mi corazón y todo ese día. Pero no te preocupes, yo se que no fue tu culpa. Ni la mía, aunque seguramente yo estoy pagándo todo. En ese entonces, hubiesemos compartido la carga, pero el miedo nos embargó a los dos, y mi utopía de cristal empezó a agrietare lentamente.
Nunca revelaste tu miedo, ni yo el mío. Así que lo confieso, mi miedo era egoísmo puro. Miedo a quedarme sola, sin ti. De no saber que hacer sin ti los sábados en la mañana. De no tener quien me avisara cuando la luna se pone amarilla y grande. De no poder olvidar, y no poder hacer nuevos recuerdos. Miedo que me causaba la incertidumbre de saber si mi cuerpo reaccionaría al primer segundo que te alejaras de mi. Miedo a haberme vuelto dependiente de ti, miedo de haber roto mi promesa de nuca hacer eso. Miedo de que tus canciones se borraran para siempre de mi mente y de no poder recordar ni siquira tu cara, aunque fuese una imágen borrosa.
Que tontos eran mis miedos.
El primer año fue letal. Tuve muchos miedos. De creer no conocerte en realidad, de que hubieras cambiado y de que la verdadera razón de tu partida hubiese sido... yo. Miedo de todos los meses, pero en realidad más de Abril, por que sería una prueba visible de que realmente no volverías.
En ese entonces, todo se volvío importante. Mis imágenes borrosas de como te mordías los labios, de como se fruncía tu ceño cuando la claridad de los martes te lastimaba los ojos, de esos ojos y de esas cejas. Y la canción que poco a poco se difuminaba en mi mente, ese era el mayor miedo, perder tu canción. Si se borraba, sería igual a asumir que te habrías ido, y yo quería todo menos eso, perderte así, en la máxima expresión de tu escencia.
Miedo, me volvió tan... tan como soy hoy en día.
El segundo año, fue de estancamiento. Quedé en automático. Y el miedo en ese entonces fue el de no volver a respirar. Todo lo demás se borró lentamente, inclusó llegué a creer que realmente tu canción se había ido para siempre. En ese entonces, eso me parecía algo bueno. En ese entonces, no pensaba mucho, siendo sincera. Comencé a crecer, a putazos, pero al fin a crecer. Y en algún lugar dentro de mi, yo misma me la creí. El miedo ahora, era el de averiguar como empezar de nuevo. De seguir sin verte reflejado en los ojos de las personas. Creí habere olvidado.
En ese entonces, me sentía la persona más valiente del mundo.
El tercer año, el que recién se cumplió este jueves pasado, fue de autodescubrimiento. El miedo se volvió ciego. Miedo a no poder encontrar a alguien más. De compararlos a todos contigo. De que ningun otro hombre sobre este planeta tuviera tu sonrisa, o tus ojos, o tu pelo, o tu voz. Miedo de realmente haber olvidado tu canción para siempre. De no recordar ni tu aroma de amapolas. De estar completamente vacía por dentro. En ese entonces, yo no era yo, era la yo verdadera. Lo crudo, la matria prima sin procesar. Y el miedo me hizo crecer y aprendí a levantarme, incluso después de haberme tropezado y roto la madre. Miedo de no saber que hacer con los añicos de mi vasija rota.
En ese entonces, hasta el jueves pasado, solo te aparecías entre sueños como una tarde de lluvia helada cuando más calor tenía: como justo lo que necesitaba.
En el cuarto año, este que corre actualmente, ya no se que miedo es más grande. El de no poder recordar tu canción completamente, o el de no querer que se vaya. Si se va, te pierdo. Si se va, puedo seguir con mi vida. Si se va, ya no soy yo. Tal vez, no quiero mi vida sin tu canción, sin ti. Y eso, me asusta hasta llorar como no tienes idea. El miedo ahora, esta noche mientras escribo, mañana y hasta el siguiente nueve de Abril, será de no saber si ya te perdí para siempre, o si aún hay oportunidad. Miedo de querer buscarte en cada hombre. De querer encontrarte en cada martes, en cada sábado. De pasar las tardes lluviosas buscándote en cada gota que caiga del cielo. De no saber que pasa por tu mente. De que tu canción algún día, se convierta en otra memoria borrosa, en otro miedo. Miedo de descubrir que en verdad soy la idiota que todos me dicen que soy.
Y el miedo más grande de todos: que quizá, y es lo más seguro, nunca llegues a leer esto.
Cuando extrañarte no existía en mi mente, por que extrañarte significaba tu ausencia. Y en ese entonces yo sabía que nunca me dejarías. Y todos los días era un nuevo cielo el que me saludaba y tu perfecto ocaso me aseguraba con un abrazo cálido que siempre sería así. En ese entonces, cuando juraste que no te irías, cuando el miedo aún no se apoderaba de mi.
El miedo que los demás sentían eran los celos. Celos de no tener algo como tu y yo. Nunca hubo nada como tu y yo. En ese entonces, eramos de fantasía.
Todo era perfecto, como una pequeña vasija de cristal. Y mi único miedo era el de que esa vasija se pudiese llegar a romper. Pero no, por que tu tenías tanto cuidado y cariño. Nunca hubo nada que pudiese romperla, ni un terremoto, nada. Ni siquiera mi torpeza, ni mi inseguridad, ni mi inmadurez. En ese entonces, cuando no había un yo sin ti.
Y pudo seguir así, y tu sabes que es verdad. Pero el miedo, maldito miedo, nos alcanzó. Tarde o temprano lo haría, todos lo decían, y tenían razón. Pero en ese entonces siempre creí que solo tenían eso, miedo.
El primer ataque de pánico, lo recuerdo bien. Recuerdo la sensación ácida de mis órganos estrujándose como hojas secas de un árbol, y la migraña constante que no me ha abandonado aún. Fue como un tren golpeándome directo en la boca del estómago, y escupí mi corazón y todo ese día. Pero no te preocupes, yo se que no fue tu culpa. Ni la mía, aunque seguramente yo estoy pagándo todo. En ese entonces, hubiesemos compartido la carga, pero el miedo nos embargó a los dos, y mi utopía de cristal empezó a agrietare lentamente.
Nunca revelaste tu miedo, ni yo el mío. Así que lo confieso, mi miedo era egoísmo puro. Miedo a quedarme sola, sin ti. De no saber que hacer sin ti los sábados en la mañana. De no tener quien me avisara cuando la luna se pone amarilla y grande. De no poder olvidar, y no poder hacer nuevos recuerdos. Miedo que me causaba la incertidumbre de saber si mi cuerpo reaccionaría al primer segundo que te alejaras de mi. Miedo a haberme vuelto dependiente de ti, miedo de haber roto mi promesa de nuca hacer eso. Miedo de que tus canciones se borraran para siempre de mi mente y de no poder recordar ni siquira tu cara, aunque fuese una imágen borrosa.
Que tontos eran mis miedos.
El primer año fue letal. Tuve muchos miedos. De creer no conocerte en realidad, de que hubieras cambiado y de que la verdadera razón de tu partida hubiese sido... yo. Miedo de todos los meses, pero en realidad más de Abril, por que sería una prueba visible de que realmente no volverías.
En ese entonces, todo se volvío importante. Mis imágenes borrosas de como te mordías los labios, de como se fruncía tu ceño cuando la claridad de los martes te lastimaba los ojos, de esos ojos y de esas cejas. Y la canción que poco a poco se difuminaba en mi mente, ese era el mayor miedo, perder tu canción. Si se borraba, sería igual a asumir que te habrías ido, y yo quería todo menos eso, perderte así, en la máxima expresión de tu escencia.
Miedo, me volvió tan... tan como soy hoy en día.
El segundo año, fue de estancamiento. Quedé en automático. Y el miedo en ese entonces fue el de no volver a respirar. Todo lo demás se borró lentamente, inclusó llegué a creer que realmente tu canción se había ido para siempre. En ese entonces, eso me parecía algo bueno. En ese entonces, no pensaba mucho, siendo sincera. Comencé a crecer, a putazos, pero al fin a crecer. Y en algún lugar dentro de mi, yo misma me la creí. El miedo ahora, era el de averiguar como empezar de nuevo. De seguir sin verte reflejado en los ojos de las personas. Creí habere olvidado.
En ese entonces, me sentía la persona más valiente del mundo.
El tercer año, el que recién se cumplió este jueves pasado, fue de autodescubrimiento. El miedo se volvió ciego. Miedo a no poder encontrar a alguien más. De compararlos a todos contigo. De que ningun otro hombre sobre este planeta tuviera tu sonrisa, o tus ojos, o tu pelo, o tu voz. Miedo de realmente haber olvidado tu canción para siempre. De no recordar ni tu aroma de amapolas. De estar completamente vacía por dentro. En ese entonces, yo no era yo, era la yo verdadera. Lo crudo, la matria prima sin procesar. Y el miedo me hizo crecer y aprendí a levantarme, incluso después de haberme tropezado y roto la madre. Miedo de no saber que hacer con los añicos de mi vasija rota.
En ese entonces, hasta el jueves pasado, solo te aparecías entre sueños como una tarde de lluvia helada cuando más calor tenía: como justo lo que necesitaba.
En el cuarto año, este que corre actualmente, ya no se que miedo es más grande. El de no poder recordar tu canción completamente, o el de no querer que se vaya. Si se va, te pierdo. Si se va, puedo seguir con mi vida. Si se va, ya no soy yo. Tal vez, no quiero mi vida sin tu canción, sin ti. Y eso, me asusta hasta llorar como no tienes idea. El miedo ahora, esta noche mientras escribo, mañana y hasta el siguiente nueve de Abril, será de no saber si ya te perdí para siempre, o si aún hay oportunidad. Miedo de querer buscarte en cada hombre. De querer encontrarte en cada martes, en cada sábado. De pasar las tardes lluviosas buscándote en cada gota que caiga del cielo. De no saber que pasa por tu mente. De que tu canción algún día, se convierta en otra memoria borrosa, en otro miedo. Miedo de descubrir que en verdad soy la idiota que todos me dicen que soy.
Y el miedo más grande de todos: que quizá, y es lo más seguro, nunca llegues a leer esto.
domingo, marzo 01, 2009
Canción de Marzo
Era marzo de lluvia, en un martes de luna
que llegó con guitarra en mano y volando
le dijo a una nube: "que el viento se entere
que esta noche nada evita que me acerque
a su ventana cantado y le diga "mi amor",
y me vaya soñando y me robe el calor
de sus labios rosados llenos de dulzura
y con un beso suyo me robe su color,
con aroma a verano y corazón de ruiseñor."
El viento viajó por el cielo de noche
y llegó a su ventana, entró por el balcón.
Se acercó hasta su cama y en suspiros le dijo
lo que el músico enamorado le confió.
Y ella que era tan joven enseguida saltó
y le preguntó si este hombre de mundo
tenía los ojos azules como el medio día
o si eran cobrizos como el amanecer.
Ella queria saber, pero el viento intrigado
soplando despacio no sabía responder.
"Mira niña de rosa, cabello dorado,
no entiendo tu pregunta tan superficial,
pero si tu supieras como él te ha buscado
y que su amor por ti se ve tan natural,
no querrías preguntar el color de su mirada
pues seguramente quedarías atrapada."
La niña sorprendida e incluso ofendida
mira al viento indignado y le dice de frente:
"Que no ves que no entiendes, amigo del norte?
me refiero al color de su alma, es de agua
o acaso es de oro, o será de carmín?
Debe tener un alma que sea de espuma
de otra manera y de no ser así,
yo no podria vivir, sabiendo que lo amo
y queriéndolo aquí sin poderlo seguir
al lugar a donde vaya después de morir.
"Y si no tiene un alma de escarcha plateada
le entrego la mía para que en el cielo él pueda cantar,
y yo lo voy a esperar una eternidad,
si pudiera yo al cielo con él regresar."
Y la niña y el viento miraron al cielo pensando en él.
Las estrellas bajaron hasta su regazo
y ahí se quedaron hasta el amanecer.
Pero él nunca llegó, y la niña lo espera
despierta en la noche, buscando su rostro
entre constelaciones y gritandole
"Amor, cuándo es que tu vendrás?"
Y el músico triste la observa desde su rincón,
prohibido hacia ella tenía tanto amor.
Y cuando ella duerme en las tardes de marzo
él se acerca a su lado y respira su aliento,
perfume de abril, y la observa soñar.
Y le canta canciones de reyes valientes,
princesas encantadas y castillos de oriente,
y no puede evitar las ganas de llorar.
Pues a pesar de que ella no lo sabe,
él ni un momento la ha dejado de amar.
que llegó con guitarra en mano y volando
le dijo a una nube: "que el viento se entere
que esta noche nada evita que me acerque
a su ventana cantado y le diga "mi amor",
y me vaya soñando y me robe el calor
de sus labios rosados llenos de dulzura
y con un beso suyo me robe su color,
con aroma a verano y corazón de ruiseñor."
El viento viajó por el cielo de noche
y llegó a su ventana, entró por el balcón.
Se acercó hasta su cama y en suspiros le dijo
lo que el músico enamorado le confió.
Y ella que era tan joven enseguida saltó
y le preguntó si este hombre de mundo
tenía los ojos azules como el medio día
o si eran cobrizos como el amanecer.
Ella queria saber, pero el viento intrigado
soplando despacio no sabía responder.
"Mira niña de rosa, cabello dorado,
no entiendo tu pregunta tan superficial,
pero si tu supieras como él te ha buscado
y que su amor por ti se ve tan natural,
no querrías preguntar el color de su mirada
pues seguramente quedarías atrapada."
La niña sorprendida e incluso ofendida
mira al viento indignado y le dice de frente:
"Que no ves que no entiendes, amigo del norte?
me refiero al color de su alma, es de agua
o acaso es de oro, o será de carmín?
Debe tener un alma que sea de espuma
de otra manera y de no ser así,
yo no podria vivir, sabiendo que lo amo
y queriéndolo aquí sin poderlo seguir
al lugar a donde vaya después de morir.
"Y si no tiene un alma de escarcha plateada
le entrego la mía para que en el cielo él pueda cantar,
y yo lo voy a esperar una eternidad,
si pudiera yo al cielo con él regresar."
Y la niña y el viento miraron al cielo pensando en él.
Las estrellas bajaron hasta su regazo
y ahí se quedaron hasta el amanecer.
Pero él nunca llegó, y la niña lo espera
despierta en la noche, buscando su rostro
entre constelaciones y gritandole
"Amor, cuándo es que tu vendrás?"
Y el músico triste la observa desde su rincón,
prohibido hacia ella tenía tanto amor.
Y cuando ella duerme en las tardes de marzo
él se acerca a su lado y respira su aliento,
perfume de abril, y la observa soñar.
Y le canta canciones de reyes valientes,
princesas encantadas y castillos de oriente,
y no puede evitar las ganas de llorar.
Pues a pesar de que ella no lo sabe,
él ni un momento la ha dejado de amar.
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viernes, enero 16, 2009
Have You Ever Felt Rain?
Ese día también llovía, como hoy. Era un aguacero cerrado, como el de hoy. Nos paramos justo en medio de la calle desolada sin importarnos un carajo la pulmonía o la fiebre. Sostuvimos nuestras manos por un largo tiempo, pudieron ser segundos u horas. Tus ojos cerrados en los míos, temía que esta fuese la última vez que los volvería a ver. Eran cafés, supongo que lo siguen siendo. Profundos y cálidos, algo muy extraño pues los ojos oscuros rara vez son así de luminosos.
Pude sentir como se derretían sobre mis pupilas, sobre mis mejilla, sobre mi frente, sobre mis labios. Sentí el líquido recorriendo los escondites más secretos de mi ser, su calor calmando mi piel erizada por el agua fría que no tenía piedad de nosotros.
Tus labios temblaron un poco, como siempre que intentabas decir algo pero te arrepentías antes. Sentí la urgencia de besarte, darle firmeza a tu boca, pero no me atreví. De alguna manera, me estaba protegiendo.
Tu solo diste un paso al frente y tomaste mi cara entre tus manos, la lluvia resbalándose entre tus dedos y por el filo helado de mi nariz. Te acercaste lentamente, tu boca roja por el frío llena de duda. Me miraste intenso con ese rayo de ambar tibio derramándose por tus párpados y me besaste como nunca. Era suave pero lleno de fuerza, en una sincronización perfecta con los latidos arrítmicos de mi corazón. Dejé que todo mi peso cayera sobre tus brazos, pero tu no te tambaleaste ni lo más mínimo.
Vistos desde fuera, seguramente parecíamos un cadaver y un ángel intentado darle respiración boca a boca. Siempre parecíamos eso.
Te alejaste suavemente y rozaste la punta de tu nariz contra mi ceño fruncido para relajarlo. Quizá pensaste que estaba enfadada. No. Nunca podría, solo estaba intentado no llorar. Incluso ahí con el aire soplando y la lluvia pellizcandonos las caras, tu piel me quemaba como brazas vivas. El ácido de no volver a sentir tu calor me carcomío la garganta hasta las entrañas.
Aseguré mis brazos alrededor de tu cintura y encajé mi cabeza sobre tu pecho. Era como si fueramos dos piezas únicas de un rompecabezas y estuviésemos hechos para coincidir a la perfección. No había otro lugar en el mundo para mi que no fuese entre tus brazos.
Escuché con atención dentro de tu pecho. Tu corazón seguía firme como siempre, tus pulmones administraban el oxigeno a tu cuerpo impecable y tu respiración seguía siendo el mismo marcapasos infalible de mis latidos.
Hablaste y escuché las palabras retumbar como un eco encerrado solo para mi en tu aliento. Pero no te dejé ir, me quedé aferrada a tu cuerpo mojado. Sentí tus manos soltar las mías de tu cintura y luego separarme de tu calor. Repetiste lo que me habías dicho, esta vez te esuché con más claridad.
- Por favor, no hagas esto.
La lluvia soltó todo su peso sobre nuestras cabezas.
- Adios.
Besaste mi frente y te fuiste en un coche. Nunca te volví a ver. Y ahora aquí, por la ventana viendo la misma lluvia de Enero caer, te encuentro escondido en cada gota que resbala por el cristal. Cuando rozan mis mejillas, son tus dedos dibujando sobre mi piel y a pesar del frío, mi piel quema como cuando me tocabas. Y siempre que el viento sopla, escucho tu respiración como una canción de cuna, y entonces mi corazón hecho cenizas se atreve a latir y solo entonces me siento un poco viva. Solo un mes al año, cuando el clima es así de gélido, pues me recuerda a ti.
Pero dime, llueve en donde tu estas?
Pude sentir como se derretían sobre mis pupilas, sobre mis mejilla, sobre mi frente, sobre mis labios. Sentí el líquido recorriendo los escondites más secretos de mi ser, su calor calmando mi piel erizada por el agua fría que no tenía piedad de nosotros.
Tus labios temblaron un poco, como siempre que intentabas decir algo pero te arrepentías antes. Sentí la urgencia de besarte, darle firmeza a tu boca, pero no me atreví. De alguna manera, me estaba protegiendo.
Tu solo diste un paso al frente y tomaste mi cara entre tus manos, la lluvia resbalándose entre tus dedos y por el filo helado de mi nariz. Te acercaste lentamente, tu boca roja por el frío llena de duda. Me miraste intenso con ese rayo de ambar tibio derramándose por tus párpados y me besaste como nunca. Era suave pero lleno de fuerza, en una sincronización perfecta con los latidos arrítmicos de mi corazón. Dejé que todo mi peso cayera sobre tus brazos, pero tu no te tambaleaste ni lo más mínimo.
Vistos desde fuera, seguramente parecíamos un cadaver y un ángel intentado darle respiración boca a boca. Siempre parecíamos eso.
Te alejaste suavemente y rozaste la punta de tu nariz contra mi ceño fruncido para relajarlo. Quizá pensaste que estaba enfadada. No. Nunca podría, solo estaba intentado no llorar. Incluso ahí con el aire soplando y la lluvia pellizcandonos las caras, tu piel me quemaba como brazas vivas. El ácido de no volver a sentir tu calor me carcomío la garganta hasta las entrañas.
Aseguré mis brazos alrededor de tu cintura y encajé mi cabeza sobre tu pecho. Era como si fueramos dos piezas únicas de un rompecabezas y estuviésemos hechos para coincidir a la perfección. No había otro lugar en el mundo para mi que no fuese entre tus brazos.
Escuché con atención dentro de tu pecho. Tu corazón seguía firme como siempre, tus pulmones administraban el oxigeno a tu cuerpo impecable y tu respiración seguía siendo el mismo marcapasos infalible de mis latidos.
Hablaste y escuché las palabras retumbar como un eco encerrado solo para mi en tu aliento. Pero no te dejé ir, me quedé aferrada a tu cuerpo mojado. Sentí tus manos soltar las mías de tu cintura y luego separarme de tu calor. Repetiste lo que me habías dicho, esta vez te esuché con más claridad.
- Por favor, no hagas esto.
La lluvia soltó todo su peso sobre nuestras cabezas.
- Adios.
Besaste mi frente y te fuiste en un coche. Nunca te volví a ver. Y ahora aquí, por la ventana viendo la misma lluvia de Enero caer, te encuentro escondido en cada gota que resbala por el cristal. Cuando rozan mis mejillas, son tus dedos dibujando sobre mi piel y a pesar del frío, mi piel quema como cuando me tocabas. Y siempre que el viento sopla, escucho tu respiración como una canción de cuna, y entonces mi corazón hecho cenizas se atreve a latir y solo entonces me siento un poco viva. Solo un mes al año, cuando el clima es así de gélido, pues me recuerda a ti.
Pero dime, llueve en donde tu estas?
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Diamonds are Forever
Lyla corrió por los oscuros callejones del antiguo barrio de White Chapel, Londres. Encontró una alcantarilla debajo de unas escaleras y se metió como pudo entre la mugre y la humedad. Su respiración agitada y pesada pudo haber despertado a una roca de su ensueño milenario, pero vio como el cazador pasaba por su escondite, inadvertido del tumulto.
Lo observó muy quieta, el aire frío quemándole los pulmones, el terror helándole la sangre. Una luz tenue proveniente de un farol y su confianza en la firmeza de su voz eran sus únicas esperanzas. La sombra del asesino recorriendo el callejón, trepando por las paredes como un alma en pena, huyendo de la oscuridad.
De repente, silencio. Esto la inquietó mucho. La noche se explayaba sobre su cabeza como una epidemia mortífera. Espesa. La quietud de aquella trampa letal le aplastaba el corazón como dos trenes colisionando.
Nunca había pensado en como moriría. Era demasiado joven, y asuntos tan banales como el trabajo, la política o la muerte no le interesaban demasiado. Lyla había dedicado su vida a la finura recatada de la vida de alta sociedad de Inglaterra. Fiestas frívolas y celosas de sus veladas llenas de estrellas caídas del cielo. Solo la gente más bella del Viejo Mundo era permitida en aquellas demostraciones galantes de hiel y presunción.
Lyla pasaba sus mañanas paseando por los jardines de rosas de su mansión en Halifax, seguida de sus mucamas y damas de compañía. Aunque eran años adelantados, su familia seguía teniendo esas costumbres arcaicas del siglo pasado. Eran pocos los clanes que aún se mostraban por la ciudad con un séquito de criados, pensando que una multitud siempre detrás de uno era señal de nivel y estatus social.
Era bien sabido que incluso la reina encontraba eso ridículo y absurdamente pasado de moda, pero en realidad, ¿quién es uno para andar hablando de las preferencias de la familia real?
Siempre se había rehusado a acudir a academias o a tomar lecciones privadas en casa. Lyla solamente sabía hablar y escribir en latín, “un regalo a futuro”, según le había dicho su abuela, el único ser pensante en su vida.
Creció como muchas otras señoritas de su edad y clase social, siendo solo la máscara de una comunidad en decadencia. No era más que la fachada de la perfección requerida para merecer invitación a eventos de alcurnia. Solo eran cascarones vacíos, sin ninguna otra gracia que no se encontrara en sus caras de facciones largas y delicadas. Ojos como gemas azules, verdes y grises. Narices como pellizcos de querubines justo en el centro de sus bellos rostros pálidos. Rizos dorados y cobrizos, de un carmesí denso y negros infinitos que brillaban como mil lunas llenas.
Lyla era un cuadro nocturno. Dos estrellas grandes y brillantes tomadas de las manos, una luna menguante afilada entre ellas. En vez de boca, la vía láctea se extendía quitada de la pena, luciendo sus perlas perfectas. Y su cabello enmarcaba toda la pintura con una fragilidad indefinida, negrura universal en donde resaltaban algunos destellos, estrellas de otras galaxias cercanas. Había sido concebida con los óleos más delgados y sobre la tela más exquisita.
Escuchó a lo lejos como el depredador pisó sobre algún charco y su ritmo cardiaco se relajó un poco más. Los tendones de sus puños y su quijada rígida se soltaron y respiró más silenciosamente. Aún no se atrevía a salir a la luz fúnebre del farol de la esquina.
No se sentía lista para morir, no así, no ahora. Tenía un futuro, si no prometedor, aceptable. Una fortuna a punto de terminarse malgastada. Una familia que recargaba todas sus esperanzas en un matrimonio arreglado. Un prometido joven, apuesto, rico, y sobre todo, noble.
El Duque de Arlington posó sus ojos sobre Lyla desde la primera vez que la había visto flotar en la pista de baile de alguna reunión de egos, de esas de las que ellos frecuentaban. Charles Heichmeister II se acercó a la joven mientras la orquesta tocaba al fondo una melodía desconocida, seguramente de las que habían llegado desde Francia en el último barco.
La miró y supo entonces que no había vuelta atrás. Lyla más que alagada, estaba orgullosa de haber atraído al hombre más influyente del momento. El flirteo no se hizo esperar, y los dos se prestaron a los juegos místicos del destino.
Después de pocas semanas de reuniones y fiestas, Lyla estaba segura de querer pasar el resto de su existencia patética al lado del Duque. No lo amaba, claro que no. Lyla solo amaba a una persona en este mundo: ella misma. No quería a ese hombre, pero se amaba a si misma, y para poder continuar con la vida que tanto trabajo le había tomado forjar, debía estar con él. Nunca lo quiso en realidad, lo engañaba, tanto con palabras como en acción, negándole su cuerpo a su prometido, pero entregándolo felizmente a los hombres que frecuentaban los pubs de White Chapel.
A ella no le molestaba en lo más mínimo este estilo nuevo de vida. Gala de día, miseria de noche. De hecho, le emocionaba tanto la simple idea de sus aventuras adúlteras que tenía pensado seguir con eso incluso después de casada.
Por fin, el callejón se quedó completamente en silencio. Solo a lo lejos se escuchaban risas y gritos provenientes de algún tugurio de la zona. Lyla salió de su escondite y alzó la vista hacia el cielo empedernido repleto de nubes tercas. Una gota rozó su cara y le sonrió a la vida. Había escapado de aquel monstruo. Se echó a caminar hacia su mansión, ya había tenido suficiente acción por una noche. Dobló en la esquina del farol y ahí, cerró los ojos por última vez.
Un hachazo helado le atravesó la yugular. Sintió un chorro de algo líquido y tibio recorriendo su cuello de porcelana. Se quedó ahí, incapaz de soltar grito alguno. Solo gemidos incomprensibles que nadie nunca escuchó. Algo le desgarró la piel del suave abdomen y, de nuevo, la sensación de aquel líquido caliente acariciando su cuerpo ahora helado. Lo siguiente, un dolor indescriptible. Como sentir las llamas del infierno lamiendo su piel, quemando la anticipación de cualquier otro dolor posible, pues ese sería el máximo sufrimiento posible. No existe alguno más letal. Incluso pudo sentir el olor a caucho y azufre de su alma consumiéndose en ese fuego.
No habría cielo para Lyla, no en esta vida.
Lo observó muy quieta, el aire frío quemándole los pulmones, el terror helándole la sangre. Una luz tenue proveniente de un farol y su confianza en la firmeza de su voz eran sus únicas esperanzas. La sombra del asesino recorriendo el callejón, trepando por las paredes como un alma en pena, huyendo de la oscuridad.
De repente, silencio. Esto la inquietó mucho. La noche se explayaba sobre su cabeza como una epidemia mortífera. Espesa. La quietud de aquella trampa letal le aplastaba el corazón como dos trenes colisionando.
Nunca había pensado en como moriría. Era demasiado joven, y asuntos tan banales como el trabajo, la política o la muerte no le interesaban demasiado. Lyla había dedicado su vida a la finura recatada de la vida de alta sociedad de Inglaterra. Fiestas frívolas y celosas de sus veladas llenas de estrellas caídas del cielo. Solo la gente más bella del Viejo Mundo era permitida en aquellas demostraciones galantes de hiel y presunción.
Lyla pasaba sus mañanas paseando por los jardines de rosas de su mansión en Halifax, seguida de sus mucamas y damas de compañía. Aunque eran años adelantados, su familia seguía teniendo esas costumbres arcaicas del siglo pasado. Eran pocos los clanes que aún se mostraban por la ciudad con un séquito de criados, pensando que una multitud siempre detrás de uno era señal de nivel y estatus social.
Era bien sabido que incluso la reina encontraba eso ridículo y absurdamente pasado de moda, pero en realidad, ¿quién es uno para andar hablando de las preferencias de la familia real?
Siempre se había rehusado a acudir a academias o a tomar lecciones privadas en casa. Lyla solamente sabía hablar y escribir en latín, “un regalo a futuro”, según le había dicho su abuela, el único ser pensante en su vida.
Creció como muchas otras señoritas de su edad y clase social, siendo solo la máscara de una comunidad en decadencia. No era más que la fachada de la perfección requerida para merecer invitación a eventos de alcurnia. Solo eran cascarones vacíos, sin ninguna otra gracia que no se encontrara en sus caras de facciones largas y delicadas. Ojos como gemas azules, verdes y grises. Narices como pellizcos de querubines justo en el centro de sus bellos rostros pálidos. Rizos dorados y cobrizos, de un carmesí denso y negros infinitos que brillaban como mil lunas llenas.
Lyla era un cuadro nocturno. Dos estrellas grandes y brillantes tomadas de las manos, una luna menguante afilada entre ellas. En vez de boca, la vía láctea se extendía quitada de la pena, luciendo sus perlas perfectas. Y su cabello enmarcaba toda la pintura con una fragilidad indefinida, negrura universal en donde resaltaban algunos destellos, estrellas de otras galaxias cercanas. Había sido concebida con los óleos más delgados y sobre la tela más exquisita.
Escuchó a lo lejos como el depredador pisó sobre algún charco y su ritmo cardiaco se relajó un poco más. Los tendones de sus puños y su quijada rígida se soltaron y respiró más silenciosamente. Aún no se atrevía a salir a la luz fúnebre del farol de la esquina.
No se sentía lista para morir, no así, no ahora. Tenía un futuro, si no prometedor, aceptable. Una fortuna a punto de terminarse malgastada. Una familia que recargaba todas sus esperanzas en un matrimonio arreglado. Un prometido joven, apuesto, rico, y sobre todo, noble.
El Duque de Arlington posó sus ojos sobre Lyla desde la primera vez que la había visto flotar en la pista de baile de alguna reunión de egos, de esas de las que ellos frecuentaban. Charles Heichmeister II se acercó a la joven mientras la orquesta tocaba al fondo una melodía desconocida, seguramente de las que habían llegado desde Francia en el último barco.
La miró y supo entonces que no había vuelta atrás. Lyla más que alagada, estaba orgullosa de haber atraído al hombre más influyente del momento. El flirteo no se hizo esperar, y los dos se prestaron a los juegos místicos del destino.
Después de pocas semanas de reuniones y fiestas, Lyla estaba segura de querer pasar el resto de su existencia patética al lado del Duque. No lo amaba, claro que no. Lyla solo amaba a una persona en este mundo: ella misma. No quería a ese hombre, pero se amaba a si misma, y para poder continuar con la vida que tanto trabajo le había tomado forjar, debía estar con él. Nunca lo quiso en realidad, lo engañaba, tanto con palabras como en acción, negándole su cuerpo a su prometido, pero entregándolo felizmente a los hombres que frecuentaban los pubs de White Chapel.
A ella no le molestaba en lo más mínimo este estilo nuevo de vida. Gala de día, miseria de noche. De hecho, le emocionaba tanto la simple idea de sus aventuras adúlteras que tenía pensado seguir con eso incluso después de casada.
Por fin, el callejón se quedó completamente en silencio. Solo a lo lejos se escuchaban risas y gritos provenientes de algún tugurio de la zona. Lyla salió de su escondite y alzó la vista hacia el cielo empedernido repleto de nubes tercas. Una gota rozó su cara y le sonrió a la vida. Había escapado de aquel monstruo. Se echó a caminar hacia su mansión, ya había tenido suficiente acción por una noche. Dobló en la esquina del farol y ahí, cerró los ojos por última vez.
Un hachazo helado le atravesó la yugular. Sintió un chorro de algo líquido y tibio recorriendo su cuello de porcelana. Se quedó ahí, incapaz de soltar grito alguno. Solo gemidos incomprensibles que nadie nunca escuchó. Algo le desgarró la piel del suave abdomen y, de nuevo, la sensación de aquel líquido caliente acariciando su cuerpo ahora helado. Lo siguiente, un dolor indescriptible. Como sentir las llamas del infierno lamiendo su piel, quemando la anticipación de cualquier otro dolor posible, pues ese sería el máximo sufrimiento posible. No existe alguno más letal. Incluso pudo sentir el olor a caucho y azufre de su alma consumiéndose en ese fuego.
No habría cielo para Lyla, no en esta vida.
martes, diciembre 16, 2008
What Sarah Said..
There was something different in his eyes that night. Somethig... wrong. Like the luminosity in them losing the battle. He would stay there, static. Frozen. I would touch him, cry for him, yell at him. But nothing. He wouldn't answer. Not now, never again.
I wondered why he was so indiferent. It hurt, deeper than anything, worse than a dagger stabbed on my ribbs. Bleeding out the pain of his silence.
I passed my fingers through his hair, catching the very scent of its smell. I drew senseless patterns all along his face, feeling every single centimeter of his skin. I embraced him around his neck, kissing him from chin to the forehead. I even took his beautiful face with my hands and hold it next to my chest, whispering at his ear the silly love songs he used to sing to me.
But nothing.
I stood there. In silence, watching him. He was so quiet... but not calmed. He was thoughtful, lips pressed, eyes cold on the walls. Then I had an idea. I pressed my hands against the wound on my torax and used the blood to write. On the blank wall, anything, any kind of message he could read. My name next to his. Love songs. Threatens. Poetry. Suicide notes.
But he wouldn't look up. He was just there, sitting next to a bed, his hands holding someone else's hands.
I got it. He was not there for me. He was there for that girl laying on that bed. I couldn't see the face covered with the sheets stained of red on some parts. He looked like hell, tired, sad, hopeless. That's when I figured out why his eyes were so gray to me. He was actually and truly in love with this person, a girl who was dying. Or already dead.
I started crying, not for him to listen to me, but for someone to kill me. I felt this enormous pain running all through my body. From the very smallest hair on my head, to the last of my toes. It was burning from the inside-out, like acid. I felt how every one of my bones started to break. I could hear the cracks everywhere. I threw myself to the floor, waiting to die. At least I would have liked to kiss him goodbye. And suddenly, it was over.
I stood up, strenght coming back to me. I searched for him, but he was over the girl on the bed, crying. She was gone. But I was still here, for him. I reached to touch his shoulder, but he was shaking on top of the girl.
The movement made the sheets fall from the top of her head, letting some hair show. It was brown, with some reddish sparkles on it. It was so familiar.
He kissed her forehead and stood up. I tried to talk to him, to make him look at me. Bu he just walked out the door, closed it behind him.
I fell on my knees to th floor. On the dark, wryly, everything seemed clearer now. He loved me, but I had been hurt to death.
I wondered why he was so indiferent. It hurt, deeper than anything, worse than a dagger stabbed on my ribbs. Bleeding out the pain of his silence.
I passed my fingers through his hair, catching the very scent of its smell. I drew senseless patterns all along his face, feeling every single centimeter of his skin. I embraced him around his neck, kissing him from chin to the forehead. I even took his beautiful face with my hands and hold it next to my chest, whispering at his ear the silly love songs he used to sing to me.
But nothing.
I stood there. In silence, watching him. He was so quiet... but not calmed. He was thoughtful, lips pressed, eyes cold on the walls. Then I had an idea. I pressed my hands against the wound on my torax and used the blood to write. On the blank wall, anything, any kind of message he could read. My name next to his. Love songs. Threatens. Poetry. Suicide notes.
But he wouldn't look up. He was just there, sitting next to a bed, his hands holding someone else's hands.
I got it. He was not there for me. He was there for that girl laying on that bed. I couldn't see the face covered with the sheets stained of red on some parts. He looked like hell, tired, sad, hopeless. That's when I figured out why his eyes were so gray to me. He was actually and truly in love with this person, a girl who was dying. Or already dead.
I started crying, not for him to listen to me, but for someone to kill me. I felt this enormous pain running all through my body. From the very smallest hair on my head, to the last of my toes. It was burning from the inside-out, like acid. I felt how every one of my bones started to break. I could hear the cracks everywhere. I threw myself to the floor, waiting to die. At least I would have liked to kiss him goodbye. And suddenly, it was over.
I stood up, strenght coming back to me. I searched for him, but he was over the girl on the bed, crying. She was gone. But I was still here, for him. I reached to touch his shoulder, but he was shaking on top of the girl.
The movement made the sheets fall from the top of her head, letting some hair show. It was brown, with some reddish sparkles on it. It was so familiar.
He kissed her forehead and stood up. I tried to talk to him, to make him look at me. Bu he just walked out the door, closed it behind him.
I fell on my knees to th floor. On the dark, wryly, everything seemed clearer now. He loved me, but I had been hurt to death.
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viernes, diciembre 12, 2008
That's How it's Done
You sighed. Again. There was really nothing left to do. Not even time would soften you. Not even death, not even life.
I guess it's alrite. For you, to live in such a lie. I'm sorry, I just can't. I refuse.
And you looked so calm today at the funeral. Just so ... peaceful. I didn't dare to break your lightness. It felt wrong. Inside, it ached, watching you like that, standing next to the window, looking so ... taking it with such an ease.
I loved you, you know i did with every single molecule of my body, with the very last nerve in my heart. But we can't afford this, not any more. I can't. I won't be able to hold it inside of me for another day. It would ripp out my stomach, my lungs burning from the inside-out.
Other time, everything would fall right into place, and at least I would have something left to fight for, though you never wanted to fight anymore. This time I am giving up. Today made it. You finished us.
This isn't something I can fix, nor you. We had time enough and we wasted it. We had time in our hands, and you left it go away.
I can't really force my heart to see the end. But I can pretend it's over. I can close my eyes, my mouth, my soul. I won't let anyone else in, not like I did with you. I will hold on to my chest so tight so it doesn't tear apart. I'll stay up, until I've nothing left. I'll be strong, stronger than you. And I'll get over you. And then, when you see me out there, happy and recovered, you'll sigh like you always do and just walk away. I'll know you were watching, but I won't go after you, 'cuz you chose this.
I'm just playing the rules you wrote down.
I guess it's alrite. For you, to live in such a lie. I'm sorry, I just can't. I refuse.
And you looked so calm today at the funeral. Just so ... peaceful. I didn't dare to break your lightness. It felt wrong. Inside, it ached, watching you like that, standing next to the window, looking so ... taking it with such an ease.
I loved you, you know i did with every single molecule of my body, with the very last nerve in my heart. But we can't afford this, not any more. I can't. I won't be able to hold it inside of me for another day. It would ripp out my stomach, my lungs burning from the inside-out.
Other time, everything would fall right into place, and at least I would have something left to fight for, though you never wanted to fight anymore. This time I am giving up. Today made it. You finished us.
This isn't something I can fix, nor you. We had time enough and we wasted it. We had time in our hands, and you left it go away.
I can't really force my heart to see the end. But I can pretend it's over. I can close my eyes, my mouth, my soul. I won't let anyone else in, not like I did with you. I will hold on to my chest so tight so it doesn't tear apart. I'll stay up, until I've nothing left. I'll be strong, stronger than you. And I'll get over you. And then, when you see me out there, happy and recovered, you'll sigh like you always do and just walk away. I'll know you were watching, but I won't go after you, 'cuz you chose this.
I'm just playing the rules you wrote down.
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jueves, noviembre 06, 2008
Letters from Behind the Room: Vicious
Y sigues sin llegar. Tanto tiempo te he eserado y tu no te dignas a aparecer... Vaya, gracias!
Si, si, yo se que muchas veces te me has presentado como una oportunidad sólida justo frente a mis ojos. Pero no se si no lo entiendes aún, yo busco más, mucho más que eso.
Quiero realidad, quiero sentirte en todos los sentidos, quiero llorar y reirme después de mi estupidez, quiero sentir el remordimiento, la confusión, el aturdimiento. Quiero embriagarme de ti y tener el mal sabor de boca que deja tu resaca, llenar mis pulmones con tu humo tóxico. Eres un vicio. Quiero que seas mi vicio.
Pero, tu no te dignas? No creo que muchas otras personas te esperen como yo a ti. Y sabes muy bien, estas conciente. Sabes que yo se. Y yo se que tu lo sabes. Duele, quema como ácido el hacerte esto, pero porfavor, ven! Mi egoísmo infinito es muy grande, quisiera ser la que todos piensan que soy, pero no. Soy egoísta y solo busco mi felicidad. Es verdad, es mentira. Por que yo se muy bien que en ti está mi felicidad, y en esa felicidad está mi fin.
Eres una droga bastante seductora.
Si, si, yo se que muchas veces te me has presentado como una oportunidad sólida justo frente a mis ojos. Pero no se si no lo entiendes aún, yo busco más, mucho más que eso.
Quiero realidad, quiero sentirte en todos los sentidos, quiero llorar y reirme después de mi estupidez, quiero sentir el remordimiento, la confusión, el aturdimiento. Quiero embriagarme de ti y tener el mal sabor de boca que deja tu resaca, llenar mis pulmones con tu humo tóxico. Eres un vicio. Quiero que seas mi vicio.
Pero, tu no te dignas? No creo que muchas otras personas te esperen como yo a ti. Y sabes muy bien, estas conciente. Sabes que yo se. Y yo se que tu lo sabes. Duele, quema como ácido el hacerte esto, pero porfavor, ven! Mi egoísmo infinito es muy grande, quisiera ser la que todos piensan que soy, pero no. Soy egoísta y solo busco mi felicidad. Es verdad, es mentira. Por que yo se muy bien que en ti está mi felicidad, y en esa felicidad está mi fin.
Eres una droga bastante seductora.
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Letters from Behind the Room: Valse Romantique
Me senté. En la orilla de la cama, como acostumbro hacerlo cuando necesito pensar. Por fin, después de todo este tiempo vagando sin rumbo, encontré un punto muerto. La calle está cerrada, no hay para donde avanzar.
Por parte, es un alivio, descanzar la mente y darle un respiro al alma. Por otro lado, me asusta. Muchos... días estuve caminando, sin rumbo, pero al fin, avanzando. Tenía, si no un objetivo, un fin. Ahora, lo que primero parecía una revelación, no es más que un calvario.
Pienso que, después de todo, no eres tan patético. Al menos, todo mi enojo hacia ti me daba algo para luchar. Pero el enojo se fue, te olvidé, te superé. Y ahora, no me queda nada. Ni ira, ni amor, ni reencor, ni decepción. Me quedé sin camino, sin rumbo y sin ti. Solo tengo una pila de libros en un rincón junto a mi cuarto y miles de memorias tuyas arrumbadas en un buró junto a mi cama.
Aquí, sentada, contemplando la calle cerrada, me doy cuenta que no hay más que regresar. A donde, no se. Como, no preguntes. Aún no entiendo muy bien, si debo regresar a ti o no, pero se que seguir avanzando es imposible.
Talvez tu eres mi avanze, talvez tu eres mi punto muerto, mi retorno. Quizá siempre fuiste el carril contrario en mi avenida, le das sentido a mis divagaciones. Si tan solo no fueras tan igual a mi. Ibamos tan rápido que muchas veces colisionamos, a máxima velocidad, como dos supernovas. Y a pesar de todo, a pesar de la intensidad y de la velocidad y la fuerza y la fricción, era como un Valse Romantique para mi, todo ese movimiento, a tu lado, mi Valse Romantique.
En verdad, tu eras mi Debussy.
No lo sé. Es extraño. Al alcanzar la altura máxima cuando vas de subida, llega un momento cuando ya no queda más que bajar. Simple física, verás.
Sigo sentada aquí, con los pies descansados y los brazos helados. Quisiera seguir caminando, pero el piso es demasiado frío, y no tengo calcetines. De todos modos, si lo que me queda es regresar, supongo que puedo esperar, no? Total, ese paisaje ya lo vi en mi camino hasta acá, y pues, en este lado de la calle las banquetas son mas seguras.
Por parte, es un alivio, descanzar la mente y darle un respiro al alma. Por otro lado, me asusta. Muchos... días estuve caminando, sin rumbo, pero al fin, avanzando. Tenía, si no un objetivo, un fin. Ahora, lo que primero parecía una revelación, no es más que un calvario.
Pienso que, después de todo, no eres tan patético. Al menos, todo mi enojo hacia ti me daba algo para luchar. Pero el enojo se fue, te olvidé, te superé. Y ahora, no me queda nada. Ni ira, ni amor, ni reencor, ni decepción. Me quedé sin camino, sin rumbo y sin ti. Solo tengo una pila de libros en un rincón junto a mi cuarto y miles de memorias tuyas arrumbadas en un buró junto a mi cama.
Aquí, sentada, contemplando la calle cerrada, me doy cuenta que no hay más que regresar. A donde, no se. Como, no preguntes. Aún no entiendo muy bien, si debo regresar a ti o no, pero se que seguir avanzando es imposible.
Talvez tu eres mi avanze, talvez tu eres mi punto muerto, mi retorno. Quizá siempre fuiste el carril contrario en mi avenida, le das sentido a mis divagaciones. Si tan solo no fueras tan igual a mi. Ibamos tan rápido que muchas veces colisionamos, a máxima velocidad, como dos supernovas. Y a pesar de todo, a pesar de la intensidad y de la velocidad y la fuerza y la fricción, era como un Valse Romantique para mi, todo ese movimiento, a tu lado, mi Valse Romantique.
En verdad, tu eras mi Debussy.
No lo sé. Es extraño. Al alcanzar la altura máxima cuando vas de subida, llega un momento cuando ya no queda más que bajar. Simple física, verás.
Sigo sentada aquí, con los pies descansados y los brazos helados. Quisiera seguir caminando, pero el piso es demasiado frío, y no tengo calcetines. De todos modos, si lo que me queda es regresar, supongo que puedo esperar, no? Total, ese paisaje ya lo vi en mi camino hasta acá, y pues, en este lado de la calle las banquetas son mas seguras.
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martes, noviembre 04, 2008
Letters from Edward: Eternity
It's funny how dawn breaks, like everything in life.
It would be easier if we could all keep going on, without looking back. Past really complicates things. Like the shadow of someone who's not happy with his or her body. Its the painful reminder of who we really are.
Past won't ever let us get over. And memory will always be there, holding hands with him, waiting for us to gaze. They won't let us become better persons. They will always be there, whispering at our ear how much damage we have caused, how many peoplewe have hurt. Those creepy things we have done and said. Things we would do anything to erase. But we can not. Memory wont let us, it's forever. Past won't come to us, it's already dead.
Try to live with all the weight of your mistakes on your shoulders. How hard could it be? People have lived that way since time began to run. But, imagine someone who has lived to see time go by and come back trying to live like that.
Eternal does not mean living forever. Eternal is suffering til time gets tired.
It would be easier if we could all keep going on, without looking back. Past really complicates things. Like the shadow of someone who's not happy with his or her body. Its the painful reminder of who we really are.
Past won't ever let us get over. And memory will always be there, holding hands with him, waiting for us to gaze. They won't let us become better persons. They will always be there, whispering at our ear how much damage we have caused, how many peoplewe have hurt. Those creepy things we have done and said. Things we would do anything to erase. But we can not. Memory wont let us, it's forever. Past won't come to us, it's already dead.
Try to live with all the weight of your mistakes on your shoulders. How hard could it be? People have lived that way since time began to run. But, imagine someone who has lived to see time go by and come back trying to live like that.
Eternal does not mean living forever. Eternal is suffering til time gets tired.
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