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domingo, diciembre 21, 2008

Celeste

El universo nunca había tenido tanto sentido. Ni siquiera para él, siendo un hombre de ciencia, el cosmos era algo revelado. Pero ahora, ahí sentado en esa banca en la iglesia, lo veía todo con claridad.


Ni siquiera sabía como demonios había ido a parar ahí, él, comprometido con la investigación, acción-reacción, hecho y materia, nunca habría soñado con ir a la iglesia, menos durante misa. Y sin embargo, ahí estaba él, en plena Misa de Gallo, sentado, aturdido y cegado.


Observaba la catidad de luces de Navidad que colgaban de las paredes, del árbol enorme erguido frente a él. Era como la Via Láctea miniaturizada. Sus ojos ahora viciados paseaban de un lado a otro, intoxicandose de aquella sustancia tan... rejuvenecedora. No se había sentido así en años.

Siempre atado al trabajo, a fórmulas y cuentas. Ciencia, ciencia, ciencia. Razón, lógica, pensamiento.


Hoy no, hoy era libre. Por algún... milagro? Bueno, ya estaba ahí, no le costaba nada admitir que esas cosas si pasaban.


Estaba teniendo ligeros problemas para decidir si esto que estaba expermientando era mágia o simplemente el universo abriendose solo para él. Decidió que no importaba. Mágia o no, era algo inigualable.


Dejó a su mente... y a su espíritu, brincar por todo el lugar, chispas surgían de ellos cada vez que se rozaban entre juegos. El solo los veía, con una sonrisa en el rostro como la de un padre que observa a sus hijos jugar en el parque. Sus retoños saltaban por encima de la gente que se encontraba escuchando la misa. Relajó los músculos un poco. Respiró hondo, dejando que el negro del infinito le picara la nariz.


De repente, los perdió de vista. ¿Dónde se podrían haber metido? Los buscó con la mirada ansiosa y con la respiración agitada. No quería perder esta sensación de libertad. No así, no tan rápido. Los vió, parados junto a una estrella hermosa. Alguna viajera que se habría perdido en su camino a una galaxia vecina.


Y la vio. Cómo nunca había visto a nadie más. Una supernova viajando grácil y poderosa entre los demás cuerpos sin luz propia. La estela de plata que dejaba a su paso era perturbadora, de un aroma subversivo. Pudo sentir con la punta de sus dedos los fragmentos de universo que quedaron flotando a la deriva gracias a la gravedad cuando aquella estrella pasó rompiendo el vacío. Uno de ellos le cortó ligeramente la mejilla. Había quedado marcado de por vida.


Pasó sus dedos temblorosos sobre el lugar en donde el universo había dejado su rastro. Fuera de serie, fuera de este planeta.

Un poco de lo que creyó era polvo de estrella rozó sus labios semiabiertos y no pudo evitar el dejar escapar el poco aliento que le quedaba. Las otras formas de vida de las galaxias cercanas no eran nada a su lado, le costaba imaginarse que después de la creación de un astro tal reluciente como aquella diosa, hubiera quedado material e imaginación para darle vida a todos los demás sobrantes.

Se encontró a si mismo flotando a la deriva en el espacio sideral, rodeado de cometas y basura espacial. De algún modo, todo recobraba sentido ahora. Las fuerzas que lo sostenían lo liberaron. Como si Newton nunca hubiera existido, la gravedad simplemente dejó de someterlo. Una fuerza nueva, más grande que la del planeta Tierra lo ataba ahora.

No había visto jamás la simetría del universo, pero ella parecía dimensionar todo lo infinito. Ponía un límite a la negrura eterna del espacio sideral. Y alrededor de ella, giraban las estrellas y los planetas. Como si el corazón de aquella mujer fuese su Sol, y ahora él giraba entorno a ella.


Su sola existencia era excusa suficiente para justificar la creación de todo el cosmos. Era un millón de veces más hermosa que las estrellas del firmamento veraniego. ¡Que se mueran los filósofos! ¡Que desaparezcan los poetas! ¡Y los científicos, ya ni se diga! Pues aquí, en esta iglesia pequeña y atiborrada se encontraba la respuesta a los secretos de la vida. La canción más bella. Tantos años de estudio, sacrificios y prejuicios. Guerras habían sido desatadas, muertes injustificadas, buscando la verdad del universo. Pintores y escultores y cantantes habrían vendido sus almas por encontrarla. Y ella se encontraba aquí, frente a él. Todo se resumía a ella.


Su nombre debe ser Ángel, pensó alucinado. No, no, su nombre es Celeste, como la Luna y las estrellas, el Sol mismo. Ella era eso, una combinación perfecta de todo el resplandor de los astros. Algo fuera de este planeta inmundo. Una estrella. Algo divino. La estrella de Belén. Un milagro. Mi milagro de navidad, murmuró en voz inaudible y sonrió estúpidamente.

sábado, diciembre 20, 2008

Catherine

If all else perished, and he remained, I should still

continue to be; and if all else remained, and he

were annihilated, the universe would turn to a

mighty stranger.

- Wuthering Heights.

Heathcliff

And there you see the distinction between our feelings:
had he been in my place and I in his, though i hated
him with a hatred that turned my life to gall, I never
would have raised a hand against him. You may look
incredulous, if you please! I never would have banished
him from her society as long as she desired his. The
moment her regard ceased, I would have torn his heart
out, and drank his blood! But, till then - if you
don't believe me, you don't know me - till then, I
would have died by inches before I touched a songle a
single hair of his head!

-Wuthering Heights

viernes, diciembre 19, 2008

Marcha de Wagner

Troné la lengua en señal de desaprobación hacia mi misma. Mi cuerpo entero era un cliché, justo ahora. Me temblaban las rodillas, de mi frente emanaba sudor frío, la visión se me nublaba y mis manos no podían encontrar paz. Ya casi había acabado con la uña de mi pulgar izquierdo, ahora seguía el derecho.

Mis nervios solían ser mejor que esto, llegué a la conclusión mientras mis piernas se tambalearon hasta la ventana de la habitación. El cristal de piso a techo no me reflejaba, en cambio, podía ver completamente el bosque extendido a todo lo ancho del mundo, como si no tuviera fin. Nunca.

Por razones infinitas, como este bosque, estaba yo ahí. No estaba más segura de cualquier otra cosa como lo estaba de esto.

Malabareé de regreso a la cama y me senté. No me importó arrugar el vestido. Puse las manos entre mi cara. Intentado no llorar. Arruinaría el maquillaje, y conocía a cierta dama de compañía que no estaría muy feliz.

Fuerza, pensé, has hecho cosas... no peores, por que esto no es malo... pero si más difícilies. ¡Puedes con esto, respira! Fuerza, por él... Él.

Mis manos ahora eran dos puños apretados con fuerza. Estaba determinada a soportarlo, además, ¿Qué tan malo podría ser? Respiré hondo, cerré los ojos.

A la cuenta de tres, me levanto. 1... 2...

...

1... 2... 3...

Me puse de pie, pero mis rodillas no parecían compartir mi reciente setimiento de determinación y coraje. Seguían sacudiendose violentamente. Casi podía oir el ruido de mis meñiscos chocando contra las rótulas debido al movimiento.

Como pude, y aún no entiendo como, llegué hasta el marco de la puerta y ahí me sostuve con las dos manos hasta que escuché mi señal para entrar.

De igual manera, no entiendo como hice para arrastrarme hasta las escaleras, donde ya me esperaban para ayudarme a bajar.

Te amo, cariño.

Lo sé, papá. Yo también.

Lo logré hasta el último escalón. Mi vista recorrió a la gente sentada. Seguramente no se perderían ni un segundo si hacía algo mal. Me dirigí hacia el frente de la audiencia, y entonces lo vi.

Y toda la presión abandonó mi cuerpo, se escurrió como agua. Un golpe de adrenalina inundó mi sistema, y ya no había dudas, ni temblores, ni sudor. Todo se trataba de esto, de este preciso instante, de él y de mi. ¿Cómo no pude haberlo visto antes? En su rostro perfecto no había ni una mínima chispa de terror ni duda. Estaba tan claro que resultaba obvio.

Mis rodillas ya no necesitaron que mi cerebro les repitiéra la orden de avanzar. De hecho, no recuerdo un solo minuto de toda esa noche en que mi cerebro estuviera a cargo. El jefe era mi corazón, cegado y viciado por la hermosura del rostro del novio.

La marcha nupcial empezó y nunca me había parecido tan lenta, aunque había una fuerza sobrenatural que me atraía hacia el frente. Era él, su magnetismo era demasiado fuerte, y yo era demasiado débil. Por fin, después de no se cuantos segundos tan largos que me parecieron minutos, llegué hasta su lado. Me miró y sus ojos se derritieron sobre mi como mantequilla. Sentí la urgencia de apretarlo a mi pecho y nunca más dejarlo ir.

Ya habrá tiempo para eso después, me dije a mi misma sin dejar de sonreir.

Y tenía razón. Tendríamos toda la eternidad.